R. C. Sproul
A
menudo he pensado que si Lutero viviera hoy y viniera a nuestra cultura y
echara una mirada, no en la comunidad de la iglesia liberal, sino en
las iglesias evangélicas, ¿qué podría decir? ¡Oh claro!, no puedo
responder esta pregunta con ningún tipo de autoridad definitiva, pero
pienso que sería esto: Si Martín Lutero viviera hoy y tomara su pluma
para escribir, el libro que podría escribir en nuestro tiempo sería
titulado La Cautividad Pelagiana de la Iglesia Evangélica.
Lutero vio la doctrina de la justificación como el combustible de un
profundo problema teológico. Él escribió extensamente acerca de éste en
La Esclavitud de la Voluntad. Cuando miramos a la Reforma y vemos las
solas de la Reforma- Sola Scriptura, sola Fide, Solus Christus, Soli Deo
gloria, Sola gratia-Lutero estaba convencido que el verdadero punto de
la Reforma era el tema de la gracia; y que el subrayar la doctrina de
solo fide, justificación sólo por fe, estaba precedida por un compromiso
con sola gratia, el concepto de la justificación sólo por gracia.
En la edición de Fleming Revell de La Esclavitud de la Voluntad,
los traductores J. I. Packer y O. R. Johnston, incluyeron una
introducción teológica e histórica extensa y confrontante para este
libro. El siguiente párrafo es parte del fin de esta introducción:
Estas cosas necesitan ser consideradas por los Protestantes de hoy.
¿Con qué derecho podemos llamarnos a nosotros mismos hijos de la
Reforma? Mucho del Protestantismo moderno ni podría llamarse Reformado o
aún ser reconocido por los Reformadores pioneros. La Esclavitud de la
voluntad coloca ante nosotros lo que ellos creían acerca de la
salvación de la humanidad perdida. A la luz de esto, estamos obligados a
preguntar si la cristiandad protestante no ha vendido su legado entre
los días de Lutero y los nuestros. ¿ No tiene el Protestantismo de hoy
más de Erasmianismo que de Luterano? ¿ A menudo no hemos tratado de
minimizar y opacar las diferencias doctrinales en nombre de la paz entre
grupos? ¿Somos inocentes de la indiferencia doctrinal, la cual Lutero
atribuyó a Erasmo? ¿Permanecemos creyendo que la doctrina importa?1
Históricamente, apegándose a los hechos es claro que Lutero,
Calvino, Zwinglio y todos los principales teólogos protestantes de la
primera época de la Reforma sostuvieron en esto exactamente el mismo
punto de vista. Sobre otros puntos tuvieron diferencias. Pero en la
afirmación de la incapacidad del hombre en el pecado y la soberanía de
Dios en la gracia, fueron enteramente uno. Para todos ellos éstas
doctrinas fueron la pura esencia de la fe cristiana. Un editor moderno
de las obras de Lutero dice esto:
Quienquiera que cierre
este libro sin haber reconocido que la teología Evangélica se sostiene o
cae con la doctrina de la esclavitud de la voluntad lo ha leído en
vano. La doctrina de la justificación gratuita por la fe sola, la cual
llegó a estar en el centro de la tormenta de mucha de la controversia
durante el período de la Reforma, es a menudo considerada como el
corazón de la teología de los Reformadores, pero esto no es preciso. La
verdad es que su pensamiento estaba realmente centrado sobre el
argumento de Pablo, que fue hecho eco por Agustín y otros, que la
salvación de los pecadores es totalmente sólo por la gracia libre y
soberana, y que la doctrina de la justificación por fe fue importante
para ellos porque salvaguardaba el principio de la gracia soberana.
La soberanía de la gracia encontraba expresión en un nivel más profundo
de su pensamiento al descansar en la doctrina de la regeneración
monergista.[2]
Esto quiere decir, que la fe que recibe a
Cristo para justificación es en sí misma el libre don del Dios soberano.
El principio de sola fide no es correctamente entendido hasta que es
visto como afianzado al principio más amplio de sola gratia. ¿Cuál es
el origen de la fe? ¿Es la fe el don de Dios, indicando por tanto que
la justificación es recibida por la dádiva de Dios, o es ésta una
condición de la justificación la cual es dejada para que el hombre la
cumpla? ¿Puede percibir la diferencia? Déjame ponerla en términos
simples. Escuché recientemente a un evangelista decir, “Aunque Dios
llevó a cabo miles de pasos para alcanzarte y redimirte, sin embargo el
punto culminante es que debes llevar a cabo el paso decisivo para ser
salvo”.
Considera la declaración que ha sido hecha por el más amado
líder evangélico de América del siglo veinte, Billy Graham, quien dice
con gran pasión, “Dios hace el noventa y nueve por ciento de ello, pero
todavía debes hacer el último uno por ciento.”
¿Qué es pelagianismo?
Ahora, regresemos brevemente a mi título, “La cautividad pelagiana de la iglesia”. ¿De qué estamos hablando?
Pelagio fue un monje quien vivió en Bretaña en el siglo quinto. Él
fue contemporáneo del más grande teólogo del primer milenio de la
historia de la iglesia si es que no de todo el tiempo, Aurelio Agustín,
obispo de Hipona en el Norte de África. Nosotros hemos escuchado de San
Agustín, de sus grandes obras de teología, de su Ciudad de Dios, de sus
Confesiones, las cuales permanecen como clásicos del Cristianismo.
Agustín, además de ser un teólogo titánico y tener un intelecto
prodigioso, fue también un hombre de profunda espiritualidad y oración.
En una de sus oraciones famosas, Agustín hizo a Dios un aparente
daño, en una declaración inocente en la cual dice:
“Oh Dios, ordena lo
que quieras, y concédeme hacer lo que ordenas”.
Ahora, ¿Quería
Agustín que te diera una apoplejía al escuchar una oración como esta?
Como ciertamente le dio a Pelagio, el monje inglés que se atravesó en su
trayectoria. Cuando escuchó esto, protestó vociferadamente, aun
apelando a Roma para conseguir que esta oración de la pluma de Agustín
fuera censurada. Porque he aquí, él dijo: “¿Estás diciendo Agustín,
que Dios tiene el derecho inherente de ordenar cualquier cosa que
desee de sus criaturas? Nadie va a disputar eso. Dios inherentemente,
como creador del cielo y la tierra, tiene el derecho a imponer
obligaciones sobre sus criaturas y decir, debes hacer esto y no debes
hacer eso.” La expresión ‘ordena cualquier cosa que quieras’ es una
oración perfectamente legitima.”
Es la segunda parte de la
oración la que Pelagio aborrecía, cuando Agustín dijo, “y concédeme
hacer lo que ordenas.” Él dijo, “ ¿De qué estás hablando? Si Dios es
justo, si Dios recto y Dios es santo, y Dios ordena de la criatura hacer
algo, ciertamente que la criatura debe tener el poder en sí misma, la
habilidad moral en sí misma, para llevarla a cabo o Dios nunca
demandaría esto en primer lugar.” Ahora esto tiene sentido, ¿no es así?
Lo que Pelagio estaba diciendo es que la responsabilidad moral siempre
y en todo lugar implica capacidad moral o sencillamente habilidad
moral. Entonces, ¿Por qué deberíamos orar, “Dios concédeme, dame el
don de ser capaz de hacer lo que me ordenas que haga?” Pelagio vio en
esta declaración una sombra que estaba siendo puesta sobre la
integridad de Dios mismo, quién requería responsabilidad de la gente
para hacer algo que no podían hacer.
Por ello, en el debate
consecuente, Agustín dejó claro que en la creación, Dios no mandó a Adán
y Eva nada que fueran incapaces de hacer. Pero una vez que la
trasgresión entró y la humanidad llegó a estar caída, la ley de Dios no
fue cancelada ni Dios la ajustó rebajando sus requerimientos santos
para acomodarlos a la débil, condición caída de su creación. Dios
castigó a su creación al descargar sobre ellos el juicio del pecado
original, por lo que cada uno que nace en este mundo después de Adán y
Eva, nace ya muerto en pecado.
El pecado original no es el primer
pecado. Este es el resultado del primer pecado; se refiere a nuestra
corrupción inherente, por la cual nacemos en pecado, y en pecado nos
concibió nuestra madre. No nacemos en un estado neutral de inocencia,
sino que nacemos en una condición pecaminosa y caída. Prácticamente
cada iglesia dentro del histórico Concilio Mundial de Iglesias en algún
punto de su historia y en el desarrollo de su credo articula algún tipo
de doctrina del pecado original. Así que, es claro para la revelación
bíblica, que se tendría que repudiar el punto de vista bíblico de la
humanidad para negar el pecado original como un todo.
Este
es precisamente el punto que estuvo en la batalla entre Agustín y
Pelagio en el siglo quinto. Pelagio dijo que no hay tal cosa como
pecado original. El pecado de Adán afectó a Adán y solamente a Adán.
No hay trasmisión o trasferencia de culpa o caída o corrupción a la
progenie de Adán y Eva. Cada uno es nacido en el mismo estado de
inocencia en el cual Adán y Eva fueron creados. Además él dijo, es
posible para una persona vivir una vida de obediencia a Dios, una vida
de perfección moral, sin ninguna ayuda de Jesús ni de la gracia de Dios.
Pelagio dijo que la gracia-y he aquí la distinción clave- facilita la
justicia.
¿Qué significado tiene “facilita?”
Esta ayuda, ésta hace
más fácil, hace más sencilla, pero usted no tiene que tenerla. Usted
puede estar perfectamente sin ella. Pelagio declaró aún más, que no es
solamente posible de manera teórica para algunos individuos vivir una
vida perfecta sin la asistencia de la gracia divina, sino que de hecho
hay personas que lo hacen. Agustín dijo, “No, no, no, no... nosotros
estamos por naturaleza infectados por el pecado, hasta las
profundidades y raíz de nuestro ser- a tal punto que no hay ser humano
que tenga el poder moral para inclinarse a sí mismo y cooperar con la
gracia de Dios.
La voluntad humana, como resultado del pecado original,
permanece sin tener el poder de escoger, sino que es esclava de sus
malos deseos e inclinaciones. La condición de la humanidad caída es tal
que Agustín podía describirla como incapacidad para no pecar. En
términos sencillos, lo que Agustín estaba diciendo es que en la Caída,
el hombre perdió la capacidad para hacer las cosas de Dios y quedó
cautivo a sus propias inclinaciones malvadas.
En el siglo
quinto la iglesia condenó a Pelagio como herético. El Pelagianismo fue
condenado en el Concilio de Orange, y fue condenado de nuevo en el
Concilio de Florencia, el Concilio de Cartago, y también irónicamente,
en el Concilio de Trento en el siglo dieciséis en los primeros tres
anatemas de los Cánones de la Sexta Sesión. Por lo tanto,
consistentemente a través de la historia de la Iglesia se ha condenado
firme y completamente el Pelagianismo- porque el Pelagianismo niega la
caída de nuestra naturaleza; éste niega la doctrina del pecado
original.
Ahora, que es el llamado semi-Pelagianismo, como
el prefijo “semi” sugiere, era algo posicionado en medio del pleno
Agustinianismo y el pleno Pelagianismo. El semi-Pelagianismo dice
esto: sí, hubo una caída; sí hay tal cosa como pecado original; sí, la
constitución de la naturaleza humana ha sido cambiada por este estado de
corrupción y todas las partes de nuestra humanidad han sido
significativamente debilitadas por la caída, a tal punto que sin la
asistencia de la gracia divina ninguno puede tener la posibilidad de
ser redimido, por consiguiente la gracia no es únicamente útil sino
necesaria para la salvación.
Pero, aún cuando estamos tan caídos que
no podemos ser salvos sin la gracia, no estamos tan caídos que no
podamos tener la capacidad para aceptar o rechazar la gracia cuando nos
es ofrecida. La voluntad está debilitada pero no es esclava. Hay
remanentes en el centro de nuestro ser, una isla de justicia que
permanece intocable por la caída. Es la respuesta de esta pequeña isla
de justicia, ésta pequeña pieza de bondad que está intacta en el alma o
en la voluntad lo que hace la diferencia determinante entre el cielo o
el infierno.
Es esta pequeña isla que debe ser ejercida cuando Dios
lleva a cabo sus miles de pasos para alcanzarnos, pero en el análisis
final es un paso que debemos tomar el que determina ya sea el cielo o
bien el infierno, el ejercitar ésta pequeña isla de justicia que está en
el centro de nuestro ser o no hacerlo. Agustín no reconoció esta
pequeña isla ni aún como un arrecife de coral en el Pacífico sur. Él
dijo que ésta era una isla mitológica, que la voluntad estaba esclava, y
que el hombre estaba muerto en sus delitos y pecados.
Irónicamente, la Iglesia condenó el semi-Pelagianismo tan vehementemente
como lo hizo cuando condenó el Pelagianismo original. Pasado el tiempo
usted llega al siglo dieciséis y lee el entendimiento Católico de lo
que sucede en la salvación, y la iglesia ha repudiado básicamente lo
que Agustín enseñó y también lo que Aquino enseñó. La Iglesia concluyó
que hay remanentes de esta libertad que están intactos en la voluntad
humana y que el hombre debe cooperar con-y asentir con-la gracia
precedente que es ofrecida a ellos por Dios. Si ejercemos esta
voluntad, si ejercemos una cooperación con cualquiera de los poderes que
en nosotros han sido dejados, seremos salvos. Y por lo tanto en el
siglo dieciséis la Iglesia volvió a abrazar el semi-Pelagianismo.
En el tiempo de la Reforma, todos los reformadores estaban de
acuerdo en un punto: la incapacidad moral de los seres humanos caídos
para inclinarse a sí mismos a las cosas de Dios; que toda la gente, en
el orden para ser salvas, estaban totalmente dependientes, no noventa y
nueve por ciento, sino un cien por ciento dependientes de la obra de
regeneración monergista como primer paso para venir a la fe, y que la
fe es en sí misma un don de Dios.
La fe no es lo que estamos ofreciendo
para la salvación y que naceremos de nuevo si escogemos creer. Sino
que no podemos ni aún creer hasta que Dios en su gracia y en su
misericordia primero cambia la disposición de nuestras almas a través de
su obra soberana de regeneración. En otras palabras, en lo que todos
los reformadores estuvieron de acuerdo fue con, que a menos que un
hombre nazca de nuevo, no puede ni ver el reino de Dios, ni puede entrar
en él. Tal como Jesús dijo en Juan capítulo seis, “Ninguno puede venir
a mí, a menos que le sea dado por mi Padre”-la condición necesaria para
la fe y la salvación de cualquiera persona es la regeneración.
Los Evangélicos y la Fe
El Evangelicalismo moderno casi uniformemente y universalmente
enseña que en el orden para que una persona sea nacida de nuevo, debe
primero ejercer fe. Tienes que escoger nacer de nuevo. ¿No es ésto lo
que escuchas? En una encuesta de George Barna, más del setenta y cinco
por ciento de “cristianos evangélicos profesantes” en América
expresaron la creencia que el hombre es básicamente bueno. Y más del
ochenta por ciento articularon el punto de vista que Dios ayuda a
aquellos que se ayudan a sí mismos. Estas posiciones-déjeme decirlo de
manera negativa- ninguna de estas posiciones son semi-Pelagianas. Ambas
son Pelagianas.
El decir que somos básicamente buenos es un punto de
vista Pelagiano. Yo estaría dispuesto a asumir que en casi un treinta
por ciento de la gente quien está leyendo este tema, y probablemente
más, si realmente examinamos su pensamiento con detenimiento,
encontraremos que en sus corazones está latiendo el Pelagianismo.
Estamos plagados con él. Estamos rodeados por él. Estamos inmersos en
él. Lo escuchamos cada día. Lo escuchamos cada día en la cultura
secular, lo escuchamos cada día en la televisión y la radio Cristiana.
En el siglo diecinueve, hubo un predicador quien llegó a ser muy
popular en América, escribió un libro de teología, que surgió de su
propia formación en leyes, en el cual no abrevió su Pelagianismo. Él
rechazó no sólo el Agustinianismo, sino también rechazó el
semi-Pelagianismo y sostuvo claramente la posición Pelagiana sin
encubrirla, diciendo en términos no inciertos, sin ambigüedad, que no
había Caída y que no había tal cosa como pecado original. Este hombre
vino a atacar cruelmente la doctrina de la expiación sustitutiva de
Cristo, y además de eso, repudió tan clara y tan fuertemente como pudo
la doctrina de la justificación por la sola fe por medio de la
imputación de la justicia de Cristo.
La tesis básica de este hombre fue,
no necesitamos la imputación de la justicia de Cristo porque tenemos la
capacidad en y de nosotros mismos para llegar a ser justos. Su nombre:
Carlos Finney, uno de los más respetados evangelistas de América.
Ahora, si Lutero estaba correcto en decir que la sola fide es el
artículo sobre el cual la iglesia se sostiene o cae, si lo que los
reformadores dijeron es que la justificación por la fe sola es una
verdad esencial del Cristianismo, quienes además argüían que la
expiación sustitutiva es una verdad esencial del Cristianismo; si ellos
estaban en lo correcto en su evaluación de que estas doctrinas son
verdades esenciales del Cristianismo, la única conclusión a la que
podemos llegar es que Carlos Finney no era Cristiano.
Yo leo sus
escritos y dijo, “no veo cómo alguna persona cristiana pudiera escribir
esto.” Y aun, él está en el Salón de la Fama del Cristianismo
Evangélico de América. Él es el santo patrón del Evangelicalismo del
siglo veinte. Y él no es semi-Pelagiano; él es descarado en su
Pelagianismo.
La Isla de Justicia
Una cosa es clara:
puedes ser Pelagiano puro y ser bienvenido por completo en el
movimiento evangélico de hoy. Esto no es simplemente que el camello
metió su nariz en la tienda; no solamente es que está dentro de la
tienda- sino que ha sacado al propietario de la tienda. El
Evangelicalismo moderno mira hoy con suspicacia a la teología Reformada,
la cual llegado a ser colocada como ciudadano de tercera clase del
Evangelicalismo.
Ahora, usted dice, “Espera un minuto R. C. No
encierres a todos en el argumento del Pelagianismo extremo, después de
todo, Billy Graham y el resto de las personas están diciendo que hubo
una Caída; que debes tener la gracia; que hay tal cosa como pecado
original; y los semi-Pelagianos no están de acuerdo con el simplista y
optimista punto de vista acerca de la no caída naturaleza humana de
Pelagio.”
Y esto es verdad. No cuestionaré acerca de ello. Pero es
esta pequeña isla de justicia donde el hombre todavía tiene la
habilidad, en y de sí mismo, para retornar, cambiar, inclinar, disponer,
y abrazar la oferta de la gracia, que revela porque históricamente el
semi-Pelagianismo no es llamado semi-Agustinianismo, sino
semi-Pelagianismo, éste realmente nunca escapa a la idea central de la
esclavitud del alma, la cautividad del corazón humano en pecado- que no
está simplemente infectado por una enfermedad que puede ser mortífera si
es dejada sin tratamiento, sino que es mortal.
Escuché a un
evangelista usar dos analogías para describir lo que sucede en nuestra
redención. Él dijo, el pecado tiene tal fortaleza sobre nosotros, un
estrangulamiento, que es semejante a una persona quien no puede nadar,
quien cae por la borda en un mar furioso, y es la tercera vez que se
sumerge y únicamente las puntas de sus dedos permanecen fuera del agua; y
a menos que alguien intervenga a rescatarle, no tiene esperanza de
sobrevivir, su muerte es cierta. Y a menos que Dios le tire un
salvavidas, no puede ser rescatado.
Y Dios no solamente le debe tirar
un salvavidas en cualquiera área donde él se encuentra, sino que el
salvavidas tiene que caerle en el lugar correcto donde sus dedos
permanecen extendidos fuera del agua, y acertarle de tal manera que
pueda sostenerlo. El salvavidas tiene que haber sido tirado
perfectamente. Pero todavía este hombre se ahogará a menos que lo tome
con sus dedos y los sostenga alrededor del salvavidas, entonces Dios le
rescatará. Si esta pequeña acción no es hecha, él ciertamente
perecerá.
La otra analogía es esta: Un hombre esta
terriblemente débil, enfermo de muerte, yaciendo en su cama de hospital
con un padecimiento que es terminal. No hay manera que pueda curarse a
menos que alguien externo venga con una cura, una medicina que curará
su enfermedad fatal. Y Dios tiene la cura y camina hacia el cuarto con
la medicina. Pero el hombre está tan débil que no puede tomarse la
medicina por sí mismo; Dios tiene que ponerla en la cuchara. El hombre
está tan enfermo que se halla casi en un estado comatoso. El no puede ni
siquiera abrir su boca, y Dios tiene que inclinarse y abrirle la boca.
Dios coloca la cuchara en los labios del hombre, sin embargo el hombre
todavía tiene que tomarla.
Ahora, si vamos a usar analogías,
usemos las adecuadas. El hombre no se está sumergiendo por tercera
vez; él está tan frío como una piedra en el fondo del mar. Éste es el
lugar donde usted estuvo cuando una vez estaba muerto en sus delitos y
pecados y andaba conforme a la corriente de este mundo, de acuerdo con
el príncipe de la potestad del aire. Y cuando estaba muerto Dios le
dio vida juntamente con Cristo. Dios se sumergió al fondo del mar y
tomando este cadáver sopló el aliento de su vida en él y resucitó de la
muerte. Y no es que usted estaba en la cama del hospital con cierta
enfermedad, más bien, cuando usted nació, llegó muerto. Esto es lo que
la Biblia dice: que estamos muertos moralmente.
¿Tenemos
nosotros una voluntad? Sí, oh claro que la tenemos. Calvino dijo, si
quieres decir por libre albedrío una facultad de escoger aquello que
tienes el poder en ti mismo, de escoger lo que deseas, entonces tenemos
libre albedrío. Si quieres decir por libre albedrío la capacidad de los
seres humanos caídos para inclinarse a sí mismos y ejercer la voluntad
para escoger las cosas de Dios sin la previa obra monergista de
regeneración, entonces, Calvino dijo, libre albedrío es un término
exorbitantemente grandioso para aplicarlo al ser humano.
La
doctrina semi-Pelagiana del libre albedrío que prevalece en el mundo
evangélico de hoy es un punto de vista pagano que niega la cautividad
del corazón humano en el pecado. Esta visión desestima el dominio que
el pecado tiene sobre nosotros.
Ninguno de nosotros quiere
ver las cosas tan mal como son realmente. La doctrina bíblica de la
corrupción humana es dura. No escuchamos al Apóstol Pablo decir, “Usted
sabe, es triste que tengamos tal cosa como pecado en el mundo; ninguno
es perfecto. Pero estemos de buen ánimo, somos básicamente buenos.”
¿Puede ver que aún una lectura superficial de la Escritura niega esto?
Ahora, regresemos a Lutero. ¿Cuál es el origen y la posición de
la fe? ¿Es la fe el don de Dios significando con ello que la
justificación es recibida por la dádiva de Dios? O ¿Es una condición de
la justificación, la cual tenemos que cumplir? ¿Es su fe una obra?
¿Es ésta la única obra que Dios le deja hacer?.
Recientemente tuve una
discusión con algunas personas en Gran Rapids, Michigan. Estaba
hablando sobre sola gratia, y una de las personas estaba en desacuerdo.
Él dijo, “¿Estás tratando de decirme que en conclusión es Dios quien
soberanamente regenera o no el corazón?”
Y le dije, “Sí”; y él estuvo aún más en desacuerdo por esto. Le dije, “Déjame preguntarte esto: ¿Eres cristiano?
Él dijo, “Sí.”
Le dije, “¿Tienes amigos que no son cristianos?”
Él dijo, “¡Oh!, claro que sí.”
Le dije, “¿Por qué eres cristiano y tus amigos no lo son? ¿Es por
qué eres más justo que ellos? Él no era estúpido. El no iba a decir,
“¡Oh! claro es porque soy más justo. Yo hice la cosa correcta y mis
amigos no”. Él sabía a donde quería llegar con esta pregunta.
Y él dijo, “Oh, no, no, no.”
Le dije, “Dime por qué. ¿Es por qué eres más inteligente que tus amigos?
Y él dijo, “No.”
Sin embargo el no estaba de acuerdo que al final, el punto decisivo
era la gracia de Dios. El no quería venir a esto. Y después de
discutir por quince minutos, él dijo, “ESTA BIEN, te lo diré. Soy un
cristiano porque hice la cosa correcta, tuve la respuesta correcta y mis
amigos no lo hicieron.”
¿En qué estaba confiando esta
persona para su salvación? No en sus obras en general, sino en una obra
que había hecho. Y él era un Protestante, un evangélico. Pero su
punto de vista de la salvación no era diferente del punto de vista
Romano.
La Soberanía de Dios en la Salvación
Este es el
punto: ¿Es la fe una parte del don de Dios en la salvación? O ¿Es
ésta tu propia contribución a la salvación? ¿Es nuestra salvación
totalmente de Dios o depende finalmente de algo que hagamos por nosotros
mismos? Aquellos quienes dicen esto último, que finalmente depende de
algo que hagamos por nosotros mismos, por consiguiente niegan la
absoluta incapacidad de la humanidad en el pecado y afirman con ello una
forma de semi-Pelagianismo que es cierta después de todo.
No es de
maravillarse que más tarde la teología Reformada condenara el
Arminianismo en su esencia, porque en principio, ambos regresan a Roma,
en efecto, éste torna la fe en una obra meritoria, y es un rechazo de
la Reforma porque niega la soberanía de Dios en la salvación de los
pecadores, la cual fue el principio teológico y religioso más arraigado
del pensamiento de los reformadores.
El Arminianismo era sin lugar a
dudas, a los ojos de los Reformados, una renunciación del Cristianismo
del Nuevo Testamento a favor del Judaísmo del Nuevo Testamento. En
esencia confiar en la fe de uno mismo no es diferente que confiar en
las obras de uno mismo, y el uno es tan sub-cristiano y anti-cristiano
como el otro. A la luz de lo que Lutero le dice a Erasmo no hay duda
que tenemos que ratificar este juicio.
Y aunque este punto
de vista es el que predomina en las encuestas de hoy en la mayoría de
los círculos evangélicos profesantes. Y así como el semi-Pelagianismo
es en esencia simplemente una versión ligeramente velada del
Pelagianismo verdadero, de igual manera éste es el mismo que prevalece
en la iglesia, y no sé que pasará.
Sin embargo, si sé que no sucederá:
no tendremos una nueva Reforma.
Hasta que nos humillemos y entendamos
que ningún hombre es una isla y que ningún hombre tiene una isla de
justicia, que somos completamente dependientes de la pura gracia de
Dios para nuestra salvación, no empezaremos a descansar sobre la gracia y
a regocijarnos en la grandeza de la soberanía de Dios, hasta que no
desechemos la influencia pagana del humanismo que exalta y coloca al
hombre en el centro de la religión. Hasta que esto suceda no tendremos
una nueva Reforma, porque en el corazón de la enseñanza Reformada está
el lugar central de la adoración y gratitud dadas a Dios y sólo a Dios.
Soli Deo gloria, solamente a Dios, la gloria.
THE PELAGIAN CAPTIVITY OF THE CHURCH BY R. C. SPROUL
Libro en PDF "La Cautividad Pelagiana de la Iglesia" R.C. Sproul:
https://docs.google.com/file/d/0BxzK3_vRze__Ymk3SUxGcm9GT1U/edit
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